Vergüenza ajena
Como mujer estoy acostumbrada a ir al médico de manera regular; y creo que muchas coincidirán conmigo en que la visita al ginecólogo es una que nunca deja de ser extraña. Ya sea porque se encuentra una en una posición incómoda, o el espéculo* es de metal y está muy frío, o el simple pudor de que te están mirando tu parte más íntima de una manera tan rutinaria como la chica de la peluquería te mira el color del cabello antes de teñirte.
Yo siempre he utilizado ginecólogas y no precisamente por vergüenza de que me vea un hombre; para mí sea hombre o mujer es una sensación igual de rara. La razón por la cual he elegido mujeres es porque creo que somos más detallistas por naturaleza, tenemos una idea más clara en cuanto a la higiene y somos menos rudas; en fin, cosas mías.
Mi doctora actual es una italiana con muchos años de experiencia y con una personalidad imponente. Ella es profesora de una universidad de aquí y, según he visto, es muy respetada por sus alumnos y colegas del área. Sin embargo, para sus estudiantes más jóvenes lo mínimo que resulta ser es intimidante. En una visita reciente, precedida por la aprehensión que me caracteriza, y mientras me dirigía a la sala de consultas siguiendo a la enfermera de turno, alcancé a ver, de espaldas, a un hombre joven sentado en el escritorio de la oficina de la doctora.
De inmediato pensé, ¡qué vaina!, ése debe ser un estudiante y de seguro que va a participar de mi examen. Yo entiendo que de alguna manera los médicos tienen que adquirir su experiencia, pero no puedo evitar esa sensación de conejillo de indias cuando me usan de ejemplo para algún estudiante de medicina; sobre todo cuando se trata de la especialidad de ginecología.
En fin, que esto sólo le sumó estrés a una situación ya incómoda para mí. La enfermera me indica que me quite la ropa de la cintura hacia abajo y me deja en la habitación. En pocos minutos, la doctora toca la puerta y al entrar confirmo lo que pensaba. Me dice, hola Dania, te presento a mi estudiante (la verdad no sé si dijo el nombre) y yo lo miré asintiendo al saludo.
Para mi sorpresa, el estudiante me saludó con cara de terror, como con ganas de ser invisible; lo miré como si fuera un niño, asustado, al que llevan a ver algo prohibido. Todavía sentía la aprehensión de que iba a mirar ahí. La doctora comenzó a hacer las preguntas de rutina, me dijo que pusiera los pies en los estribos y me acercara a la orilla de la camilla.
Entonces, noté que el estudiante se acorraló a sí mismo en la esquina del consultorio y volteó la cara. La doctora, con la naturalidad y fuerte personalidad que la caracterizan, se dirige a él y le dice “fulano, ven que tienes que mirar, tienes que mirar”. En ese momento, sentí vergüenza, pero no la que me estuvo preocupando los minutos previos a ese momento. Juro que no me reí porque el momento no lo ameritaba, pero les aseguro que fue un alivio saber que el estudiante tenía más miedo que yo de mirarme ahí, al sur de mi cuerpo.
















