
La rivalidad entre los fanáticos de los Medias Rojas de Boston y los Yanquis de Nueva York es una de las más antiguas y férreas que existen en los deportes profesionales. Los que siguen el béisbol lo saben: si uno está con uno de esos dos equipos está en contra del otro aun cuando esté jugando contra otro. De ahí salió la famosa frase, usada por los seguidores de ambos refiriéndose al equipo contrario, que de mis labios dice así: “Yo sólo sigo a dos equipos, los Medias Rojas y a cualquiera que le gane a los Yanquis”.
Dejando fuera los incidentes mayores de personas desequilibradas que han llevado su fanatismo a un extremo siniestro para mí esta rivalidad, que tiene más de 100 años, es muy entretenida y hace de la temporada algo más emocionante. Como creo que ya es obvio, yo soy miembro orgullosa de la Nación de los Medias Rojas (Red Sox Nation) a pesar de que vivo en territorio apache, muy cerca de la Casa que Ruth Construyó.
Muchos se preguntarán el cómo y por qué de la situación; yo misma reconozco que soy una raza rara de neoyorquina que a la hora de sentarse en el Yankee Stadium lo hace para ver derrotado al equipo de la casa, más de uno en el estadio al verme vestida de rojo me ha gritado “regresa a Boston”… ¿y yo? Me río a carcajadas. Para mí estos son dos amores distintos que viven en mí con la misma intensidad: adoro la ciudad de Nueva York y adoro a los Medias Rojas de Boston.
Durante la temporada de béisbol le doy seguimiento a los partidos y sin falta, siempre que los Medias Rojas juegan contra los Yanquis en esta ciudad me pongo mi camiseta roja con el nombre de mi equipo para apoyar. Por supuesto, las reacciones no se hacen esperar. No vayan a pensar que lo hago de manera inocente yo sé que es una provocación, sobre todo en los días en que gana Boston y la gente se levanta de mal humor.
Me han dicho montones de cosas en el estadio y en la calle, pero hay una que recuerdo especialmente, quizás porque estaba embarazada en esa época y un caballeroso neoyorquino salió a mi defensa al percibir esta “damisela en peligro”, sólo para darse cuenta de que con panza y todo mi fanatismo era mayor y yo estaba lista para enfrentar cualquier ataque (no físico, por supuesto, todo dentro de la cordura).
Primero, imagínense a esta embarazada a mediados de agosto, con 36 semanas de gestación, y una camiseta ajustada que hacía la panza sobresalir y atraer las miradas de asombro, miedo y hasta pena; en la otra esquina imaginen a un hombre bastante alto y como de 300 libras, más imponente de ahí sólo Shaquille O’Neal.
Ya que tienen la imagen, les cuento, el fin de semana había sido una de las series entre Yanquis y Medias Rojas en el Yankee Stadium y Boston había ganado dos de los tres partidos (uno de ellos el de la noche anterior) y yo caminaba hacia mi trabajo por la calle 44 en Manhattan con un aire de desafío al identificarme en un día como ese. El hombre, que no pasaba de 35 años de edad, me seguía con la mirada mientras yo le pasaba por el frente y casi cuando lo dejaba atrás, se me acerca y me grita: “por qué no te vas para Boston, traidora”.
El otro hombre indignado –obviamente no un fanático de los Yanquis- me dice: “eso no está bien, cómo el hace eso…”, antes de que continuara con su disculpa por el comportamiento del otro y siguiera mirándome con esa lástima de pobrecita que la atacó ese gigante, yo le respondo con una sonrisa, volteándome a ver al grandulón: “no te preocupes, él sólo está amargado porque perdieron” y lanzo una risotada mientras continúo caminando.
Atrás quedó el grandulón refunfuñando y diciendo otras cosas en un tono muy bajo como para yo escucharlo. No sólo me hizo gracia en ese momento, sino que es uno de esos recuerdos memorables de mi vida en La Gran Manzana. Aquí te pasa de todo, en el siempre eterno y efímero Minuto Neoyorquino.
