Desde que me mudé a Nueva York me prometí a mi misma que no entraría al ritmo estresado neoyorquino, que me aferraría a mi mentalidad isleña y que no iba a andar corriendo como loca de un lado al otro. ¡Ja! Casi siete años después creo que el 50% de las veces logro actuar con ese espíritu desenfadado que no repara en la hora y hace las cosas despacio, el otro cincuenta porciento soy definitivamente una neoyorquina más caminando como loca hacia el tren.
El martes recibí una lección acerca del tiempo y lo importante que es hacer una pausa y tomarlo con calma. La prisa, como sabemos, tiende a ser mala consejera. Resulta que debido al feriado del 4 de julio, en mi trabajo nos dejaron salir a las 3:00 p.m. y yo que ya había planificado salir de viaje, tenía varias cosas pendientes para esa noche.
Para “ganar tiempo” decidí salir 10 minutos antes de las 3 y así poder tomar el Metro North de las 3:23 p.m. (todo muy cronometrado). Y así lo hice. Salí caminando rapidísimo hacia el subway, bajé las escaleras casi corriendo y llegué a la plataforma para encontrarme que el tren no estaba ahí.
Continuando con mi paso acelerado, tomo mi teléfono para ver la hora y calcular cuántos minutos tengo de gracia para poder alcanzar el tren que tenía en mente. Al mismo tiempo, meto la cabeza hacia los rieles para ver si ya el subway estaba cerca (todo esto en fracción de segundos) y al manipular el teléfono, se me resbaló y cayó en la vía del tren.
Mis ojos no daban crédito, el teléfono estaba intacto y por suerte cayó justo debajo de los rieles donde el tren no lo aplastaría; igual estaba tan cerca pero TAN lejos que me quedé frizada, como hipnotizada ante la situación sin sabber qué hacer.

Sí, hay buenos samaritanos en Nueva York
Al ver lo sucedido, un señor latino sugirió que me bajara porque el tren todavía no venía y yo: ¿quéeeee? Está loco, quiero el teléfono pero no tanto. Sin embargo, no quería dejar mi teléfono ahí y pensaba en el tren que se me iba y cuánto tardaría en que viniera un empleado (luego me dijeron que de 45 minutos a 1 hora) y yo sin saber qué hacer.
Como de la nada, les juro que ni me percaté cuando este hombre se paró a mi lado, un hombre alto y delgado, por su acento yo diría que de origen irlandés me dice que él ha trabajado en los rieles y sabe como manejarse ahí. Además del acento, con su apariencia me dio un aire de Daniel Day-Lewis. No crean que era un galán, creo que fue su heroismo y mi imaginación de escritora que decidió en ese momento que sería rescatada por un personaje de uno de mis actores favoritos.
Pues eso que él, Daniel, me dijo que podría recuperarlo, pero que se podía meter en problemas porque el no trabaja para la MTA (autoridad de transporte) y yo le dije, “ay, por favor… ya me abrió una esperanza” … Él se mostró un poco dudoso y luego miró a ver si venía el tren, lo que para hacer la cosa más dramática pues justo ahí venía.
Se me congeló el corazón cuando ese tren le pasó por arriba a mi pobre celular y el mi héroe Daniel accedió a esperar para lanzarse a la vía. ¿Y qué creen? ¡Justo detrás venía otro tren! Ahí me tocó rogarle más para que no se fuera ya que él también tenía que llegar a su destino y, por supuesto, andaba con prisa.
Luego del segundo tren, finalmente, mi Daniel Day-Lewis se bajó a la vía del tren y recuperó mi teléfono intacto. Yo le dije mil veces gracias, habría querido darle algo de dinero, pero no tenía nada conmigo y tampoco quería empañar su noble gesto con un par de pesos.
Al final, recibí un par de buenas lecciones de vida en ese minuto neoyorquino sobre saber llevar la vida a un ritmo normal, aferrándome a mi horario isleño y disfrutar las cosas sin llenarme de tensión. También sobre la bondad de la gente, y cómo cualquier extraño te puede tender una mano aún en una cuidad tan agresiva y hasta cínica como esta.