
El tránsito subterráneo es una de las partes más importantes de la experiencia neoyorquina. En esos túneles debajo de la tierra se puede sentir el verdadero espíritu de la ciudad y observando, callados, podemos imaginar las mil y una historias que se tejen en la capital del mundo, Nueva York.
Era una tarde cualquiera del verano de 2006, yo como siempre, caminaba por el túnel que lleva del tren F al 1 en dirección al Bronx. En ese momento noté que mis pasos se movían al ritmo de una vieja melodía… “Chiquita sabes muy bien, que las penas vienen y van y desaparecen…”. Es el sonido de una armónica y me doy cuenta que no soy la única moviéndome al compás; sonrío y pienso que es el lenguaje universal de la música.
Detrás de este momento casi perfecto, está la realidad de los cientos de artistas que mejoran la experiencia de utilizar el servicio de trenes subterráneos. Ellos hacen de ese momento cotidiano uno muy peculiar, que maravilla a miles de turistas y saca una sonrisa a cualquier neoyorquino por pesada que haya sido la jornada.
Así nació este artículo, el cual publiqué en la revista para la que escribía en ese momento, de la curiosidad de saber qué hay detrás de esas melodías. Quiénes son y qué hacen cuando están arriba, en el nivel de la calle.

Conocí a Vicente Chuqui, un ecuatoriano que tenía ya ocho años viviendo en Estados Unidos y me contó que parte de su vida transcurre en el subterráneo. Él y otros ocho integrantes conforman el Grupo Manantial que ya tenían varios CDs con música variada, incluyendo ritmos de los andes y versiones de canciones que se han internacionalizado en diferentes idiomas que atraen a casi cualquier público.
Para Chuqui, hacer música en el subterráneo es sólo una parte de su día. Al igual que muchos otros inmigrantes hispanos trabaja en la construcción o “cualquier otro trabajo que aparezca, usted sabe”, dijo. “Somos un grupo y vengo con mi compañero cuando no tengo otros trabajos. Generalmente nos dan un permiso de tres horas y aprovechamos para vender nuestros CDS”, concluyó Chuqui.
Otra escena –tragicómica- sucede dentro de uno de los vagones del tren. Es hora pico y muchos vienen de pie. De momento un hombre saluda con las notas un viejo saxofón. El sonido desafinado hace que algunos lo miren como ridículo, hasta con cierto desprecio.
Sin embargo, este artista tiene su número preparado y no precisamente para perder a su público. Saca algunas notas a su saxo y súbitamente grita “Me voy, me iré, pero me llevo a Bush conmigo”. Las caras cambian. Sonrisas y carcajadas descargan el ambiente y comienzan a salir los dólares de las carteras y billeteras.
Yo también sonrío y pienso con tristeza que ese artista probablemente duerme en la calle, o en los vagones del tren. Su vida transcurre en los alrededores. No hay nada a parte de esto, su vida es el subterráneo.
Al margen de su realidad, él alegra el día de los transeúntes y para ellos representa sólo ese momento de esparcimiento dentro de su agitada rutina. Se bajan del tren y vuelven a fruncir el seño.
